lunes, 9 de septiembre de 2013

El pasajero



Con paso torpe y poco decidido caminaba aquel extraño pasajero con un pequeño equipaje rojo, de un lado del vagón al otro, como si no se decidiese cuál de los dos bandos era mejor para agarrarse fuertemente a la barra superior del tren. No, no parecía que fuese de la ciudad. No estaba acostumbrado a que el tren de las 6 estuviese así de abarrotado, lo cual para mí era ya casi una rutina diaria. Por fin y después de unos segundos pensando, se decidió por el bando derecho, justamente frente a mí. Esquivaba cabezas intentando buscar un pequeño hueco por el que ver el exterior, pero como siempre, era muy difícil. Yo seguía teniendo mi móvil con la música puesta, la que antes de que entrara él, estaba escuchando, pero quedé tan embobado en el peculiar pasajero, que hasta mi canción favorita ya había pasado. Quise fijarme en todos sus movimientos, sus andares, su ropa. Por cierto, su chaleco me gustaba mucho. Tal vez me habría gustado decírselo, pero no lo conocía de nada.

Como cada día, Clara fue con la idea de sentarse en el asiento más cercano a la puerta, para que en cuanto llegase a su destino bajar rápidamente, sin que nadie la atropellase y sintiera todos los libros de su mochila de cuero marrón clavados en su espalda. No solía llevar muchos, pues ya estaba en la universidad y sólo necesitaba algunos. Pero ese día un individuo ocupaba su sitio.
Clara lo miró con descaro, no le gustaba que nadie ocupase su lugar, y menos una persona que no la había visto nunca. Las personas que la veían más a menudo en el tren, sabían de sobra que aquel sitio era suyo, que casi llevaba su nombre en un pequeño letrero de madera imaginario, y un agujero en el foam del sillón que ella misma había hecho un día de aquellos, el día en el que conoció a ese chico que había conseguido ponerla nerviosa, cosa que era muy difícil en ella. Tal vez porque le gustaba, y mucho. Daniel. Recordó su cara y esa sonrisa que tanto le gustaba, y se le hizo un nudo en la garganta. Se puso a recordar esos momentos en los que se sintió tan bien con él, y una sonrisa se asomó a la cara de la chica. A pesar de estar feliz, le había molestado lo del pasajero y tuvo que quedarse de pie, agarrada a la barra. Además de que le había quitado su sitio, su chaleco era bastante feo. A Clara no pareció caerle muy bien.

Parecía algo perdido y jugaba con sus dedos, moviéndolos rápidamente. Yo seguía observándolo, buscando las palabras más correctas para saludarle o para ofrecerle alguna ayuda si le hacía falta. Varias veces abría mi boca para pronunciarlas, pero nunca salía nada de aquellos intentos. Paró de hacer piruetas con los dedos y me miró. Me está mirando, me está mirando. Y yo, ¿qué hago? Inmóvil, hasta que lo único que salió de mí  fue un “hola”, seco. El pasajero empezó a reírse y yo me uní también a las risas.
-Perdóname por ese hola, soy un poco tímido.
-No importa, yo también pensaba como pedirte un poco de ayuda, pues soy nuevo en la ciudad. ¿Cómo te llamas?
-Gonzalo, Gonzalo Martín. ¿Y tú? Ah, por cierto, me gusta tu chaleco.-dije esbozando una sonrisa.
-Vaya, gracias- exclamó mientras se quitaba una pequeña pelusa del nombrado chaleco y afirmaba al escuchar mi nombre.
Segundos después de nuestra breve conversación se levantó de su asiento como si estuviese programado, cogió su pequeño equipaje rojo, bajó las escaleras y le indicó al conductor con una mano que iba a bajar, aunque sin esperar a que el tren parase del todo saltó a la calle, sin nada más que decir, sin despedida alguna. Me había caído bien, y ahora se iba. Su equipaje rojo me llamó la atención, tal vez lo habría visto en alguna parte antes, pero no lograba recordar dónde.

Estaba ya muy cansada y el trayecto se le hacía aquel día mucho más largo de lo normal, tal vez porque esta vez estaba de pie, observando al pasajero como ocupaba su sitio. Por la puerta podía observar como el tren pasaba por la ciudad. Mirando a todo aquel que paseaba por las calles. A Clara le gustaba bastante su ciudad, y sobre todo el pequeño barrio en el que vivía. De su mochila sacó su cámara y comenzó a hacer fotos. Le encantaba la fotografía. Una niña pequeña comía un helado, y parecía la niña más feliz de todo el planeta, su sonrisa contagiaba a todo el mundo. Clic. Fotografiada. Era una de sus fotos favoritas. Mientras miraba por el objetivo de la cámara y enfocaba bien, alguien le habló:
-Te encanta hacerle fotos a las cosas bonitas, ¿a que sí?
Clara se giró y sonrió al verle. Era Daniel, sonriente como siempre, con su pelo algo alborotado, como a ella le gustaba.
-Vaya, ya me vas conociendo un poco mejor- exclamó ella haciéndole una foto por sorpresa. Clic.
-¡Oye! Debo salir fatal, no vale hacer fotos cuando estás desprevenido.
Clara observó la fotografía.
-Tampoco sales tan mal.
-¿Cómo que no? Horroroso, –exclamó al verse en la cámara- no sabía que fuese tan feo.
-No lo eres, ya verás- dijo Clara mirándole por el objetivo.
 Una, dos y tres. Clic. Fotografiado.
Clara no podía dejar de sonreír, cuando estaba con él, todos esos segundos juntos, no eran más que sonrisas, y su corazón iba a dos mil por hora. Daniel se puso junto a ella, y empezó a ver las fotografías que Clara había hecho.
-Vaya, esta foto es muy bonita- dijo señalando una en la que salía toda la familia de Clara, un día de playa.
-Sí, siempre me gusta hacer fotos en los buenos momentos. –dijo recordando aquel día.
-Pues entonces también deberíamos hacernos una foto, es un buen momento estando los dos juntos ¿no?
Clara le guiñó un ojo y Daniel cogió la cámara, alejándola lo más que pudo su brazo, y le dio al botón. Clic. Fotografiados. Clara estaba feliz, como hacía tiempo que no lo era. Claro, era lógico, tenía a Daniel a su lado.

Seguía pensando en aquel equipaje rojo del pasajero, y en como se había ido, sin decir nada. Era extraño, no parecía que tuviese prisa, noté como no escuchaba al conductor indicar la próxima parada del tren, ni como tampoco parecía mirar su reloj, un reloj grande de color negro. “Siguiente parada: Plaza del Capitán” ¡Vaya! ya había llegado a mi destino, y esta vez me había parecido demasiado corto. ¿De verdad que ya estaba en la Plaza del Capitán? Caminé hasta las escaleras traseras del tren y cuando casi había bajado de él, Mario, el conductor me llamó:
-¡Gonzalo!- me dijo enseñándome un sobre de color rojo en el que con un bolígrafo negro estaba escrito mi nombre.
-¿Yo?
-Sí, tu Gonzalo. Aquí tienes un sobre que pone tu nombre. Casi que te lo olvidas en el sillón. Tú, como siempre tan despistado…
-No Mario, esto no es mío…-exclamé examinándolo.
Por la parte trasera venía escrito “El pasajero”.
Directamente cogí el sobre y me lo metí en el bolsillo de mi chaqueta.
-Ay, lo siento Mario. Sí, era mío. Gracias. –dije mintiendo
-Ya, ya lo sabía yo. Hasta mañana Gonzalo.
Salí del tren nervioso y me senté en uno de los bancos de la plaza. Los niños jugaban en la otra parte y por suerte tuve un espacio para mí, para mirar el sobre del pasajero, ése que hace unos minutos después de preguntarme mi nombre, escapó sin decir nada, sólo dejando un pequeño sobre rojo, para mí. El que ahora mismo tengo en las manos. Despegué con cuidado el pegamento de la solapa y saqué una pequeña hoja de papel. También roja, en la que venía su firma. El pasajero.


-Salís muy bien chicos- dijo el hombre del chaleco que no le gustaba nada a Clara, ése que le había robado su sitio. El pasajero que no había visto nunca en el tren. Maldito pasajero. Así le llamaba Clara en su mente.
-Gracias-dijo amablemente Daniel.
-Tu novia es muy guapa-exclamó el pasajero mirando a la chica.
Clara y Daniel rieron a la vez y se miraron.
-No, no, Clara no es mi novia, aunque la verdad es que es muy guapa, lleva usted razón señor.
-¿Te llamas Clara? ¿Clara Fernández?
Clara miró al pasajero de forma rara. ¿De qué la conocía? Nunca la había visto en el tren ni en la ciudad, aunque, tal vez él a ella si la hubiese visto alguna vez.
-Sí, soy yo. ¿Quién es usted?-preguntó la chica mirando asustada a su amigo Daniel.
El pasajero le guiñó un ojo, le dejó un sobre rojo dónde con bolígrafo negro estaba escrito su nombre y sonrió mientras cogía su equipaje rojo del suelo. Bajó las escaleras y le indicó al conductor con una mano que iba a bajar, aunque sin esperar a que el tren parase del todo saltó a la calle, sin nada más que decir, sin despedida alguna. Clara cada vez tenía más miedo, pero antes de que se fuera, le hizo una foto al pasajero, para recordar su cara. Daniel la abrazó, intentando tranquilizarla. El chico cogió el sobre rojo, sin entender que había ocurrido.
-Clara, ¿quién era ese hombre? ¿De qué te conocía?
Mirando la foto que acababa de hacerle dijo:
-No lo sé. Maldito pasajero. 

PRIMER PREMIO CATEGORÍA LOCAL DEL CERTAMEN DE RELATOS BREVES FERNANDO BELMONTE 2013

jueves, 7 de marzo de 2013

Catorce de Febrero


Como cada mañana, Alberto siempre era el primer en despertarse y se disponía a preparar con mucho cariño y cuidado el desayuno. Tostadas con mantequilla y mermelada de melocotón. Dos, bien tostadas por ambos lados. La leche templada con café y una cucharada y media de azúcar, justo como a ella le gustaba. Puso el pequeño mantel verde de tela sobre la mesa del patio. El mantel con el que habían comido juntos durante 20 felices años. Alicia siempre se quedaba un rato más en la cama, hasta que el olor del café llegaba a su nariz. Alberto la esperaba en el patio, junto a su desayuno, sorbiendo lo poco que le quedaba de su café mientras leía el periódico del día. Alicia siempre llegaba cantando alegremente y, Alberto al escucharla, dejaba el periódico a un lado para darle un beso de buenos días.
-Buenos días, ¿hace mucho que me esperas?
-¡Para nada, si tú en cuanto hueles el café sales corriendo hacia aquí listilla!-le dijo guiñándole un ojo.
-Ya sabes lo mucho que me gusta levantarme y oler el café recién hecho por ti.
-Te gusta cantar mientras cocinas, salir a la calle después de comer conmigo para dar un paseo y así enterarte de los cotilleos del pueblo, ver las películas y quedarte dormida en mi hombro, tu vestido coral con el que tuvimos nuestra primera cita, el olor a jazmín, nuestros nietos, ver fotografías antiguas y recordar viejos momentos, salir a cenar, los zapatos marrones que te regalaron en tu dieciocho cumpleaños, la colonia que me pongo cuando me afeito, sonreírme todos los días nada más despertar, ¿no es así?
-No has fallado en nada, es normal, si nos conocemos desde que éramos niños.
-Qué razón tienes y cómo me acuerdo todavía del día en que te vi por primera vez. Con tu vestido beige y ese pelo alborotado tuyo que te tapaba un poco la cara. ¡Te sonrojaste al verme!
-Mentira-dijo Alicia riendo- yo no me sonrojé por ti. Mis mofletes se pusieron rojos porque tenía calor, era pleno verano.
-Mira que llevamos años juntos, y todavía no sabes mentir Ali, seguro que en cuanto me viste te enamoraste de mí- y volvió a guiñarle un ojo.
-¡Pero qué bobadas dices! Era muy pequeña Alberto.
-Pues sí, éramos muy pequeños, pero yo aquella vez me enamoré de tu sonrisa y todavía estoy enamorada de ella.
Esta frase hizo que Alicia sonriese y eso era lo que quería precisamente él.
-No sé cómo lo haces, pero siempre sabes cómo sacarme una sonrisa.
Alberto rió mientras se acomodaba en la silla y dejaba su taza de café vacía del todo.
-¿Sabes que hoy es 14 de febrero? Es el día de los enamorados, y se hacen regalos como bombones, ramos de flores…
-Lo sé, y los 14 de febrero me parecen una estupidez. ¿Por qué un 14 de febrero para regalarle a esa persona que quieres un ramo de flores u otra cosa?
-Alberto, cariño, es un día que se ha elegido para hacerle un regalo a esa persona especial de tu vida.
-Ya, pero eso se debería hacer los 365 días del año.
-¿Todos los días? ¿Cuánto tendría que gastarme en ti para hacerte un regalo cada día?
-¿Tú crees que la sonrisa que me regalas cada mañana al despertar tiene precio? Porque ese es el mejor regalo que puedo recibir de ti.

“Me dijeron que para enamorarla tenía que hacerla sonreír. El problema es que cada vez que sonríe, me enamoro yo” Bob Marley.

viernes, 8 de febrero de 2013

Escribiendo...



Las ideas ruedan en mi cabeza, de un lado para otro, añadiendo pequeños toques de mi imaginación. Letras que deciden ir formando palabras, hasta que le dan un sentido general, hasta que le dan una imagen o fotografía, y a partir de ahí, salen de golpe. Yo rápidamente  corro a coger el portátil y empiezo a seleccionar el tipo de letra, Century Gothic, con la que siempre escribo mis mejores historias. Siempre suelo escribir como título improvisado esa palabra o frase que ha comenzado a crear la idea. Tamaño 14 y subrayado. Nunca les pongo punto, pues el título es el principio de la historia, y los puntos son siempre para el final. Renglón inferior, tamaño 12  y las teclas ya empiezan a moverse.

miércoles, 25 de abril de 2012

Teléfono


No faltaba mucho para las 12. Las campanas de la iglesia en segundos empezarían a tocar y sería la señal de volver a casa con mi hermano. Mi amiga Laura me invitó a ir a la vieja sala de teléfonos de hace muchos años, cuando mi abuela era una niña. De los pocos que había en esos tiempos, pero por lo menos funcionaba. Funcionaba, ya no. Dejaron de funcionar en poco tiempo y no la volvieron a utilizar ni a restaurar. Se quedó esa pequeña casita allí solitaria. Sin que nadie volviera a entrar. Sin que nadie volviera a hacer sonar esa campanita de la puerta al llegar. Sin que nadie volviera a marcar números en esos teléfonos ruidosos. Sin que nadie más, obligara a trabajar a la abuela Lola, la encargada de esto en aquellos tiempos.